Reflexión Fundacional
- Marcela Montero Valdés

- 31 mar
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La violencia en los establecimientos educacionales en Chile no es un fenómeno aislado, sino la expresión visible de una crisis moral, cultural e institucional más profunda. Cuando una sociedad debilita sus fundamentos —Dios, la familia y la responsabilidad individual— inevitablemente pierde su capacidad de generar orden.
El problema no es la falta de normas, sino la ausencia de principios. El Estado ha intentado reemplazar el orden moral con regulación, protocolos y burocracia, pero como advirtió Ludwig von Mises, la cooperación social requiere normas éticas previas que orienten la acción humana (1949). Sin estas, la libertad se descompone.
Friedrich Hayek explica que el orden social no es diseñado, sino que emerge de tradiciones y valores compartidos (1973). Jesús Huerta de Soto sostiene que sin ética no hay coordinación social posible (2012). Y en el ámbito educativo, Víctor Espinosa advierte que cuando la educación se desconecta de los incentivos reales, pierde su capacidad de formar conductas (2019).
Al excluir la dimensión espiritual y debilitar la familia, el sistema educativo ha perdido su base. La violencia escolar no es más que la consecuencia lógica de esta fractura.
Marcela Montero Valdes



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